El arte de vivir con lo indispensable
No quiero conquistar el mundo, ni poner mi nombre en la frente de las estatuas, ni que la multitud pronuncie mi nombre cuando yo ya no pueda escucharla.
Quiero una mesa donde quepa el pan, una ventana por donde entre la mañana y alguien que me mire a los ojos como quien reconoce un pequeño milagro entre las ruinas.
Quiero el amor sin uniformes, sin cadenas alrededor de la cintura, sin promesas levantadas como templos que después se derrumban con el viento. Un amor que se siente a mi lado cuando el silencio pesa demasiado y que no necesite razones para quedarse un rato más.
Quiero amigos con los bolsillos vacíos de soberbia, pero llenos de historias, de esas que nos hacen reír hasta olvidar por unos minutos que el tiempo trabaja en secreto llevándose nuestros días.
Y quiero recordar a quienes se fueron sin convertir su ausencia en una piedra. Que sus voces regresen algunas noches como pájaros que encuentran su árbol, que pueda pronunciar sus nombres sin que la tristeza me cierre la garganta, y agradecerle a la vida porque alguna vez nuestros caminos bebieron de la misma lluvia.
No le pido demasiado a la tierra: un poco de sombra en el verano, la paciencia verde de los árboles, el rumor de la lluvia sobre los techos, una canción que me abra las ventanas del alma y un poema que consiga detenerme en mitad de la prisa para mostrarme una flor.
Que nunca me falte la conciencia, esa lámpara pequeña y obstinada que no se vende en los mercados ni se apaga con las amenazas. Prefiero caminar con las manos desnudas antes que llevar en ellas la vergüenza de haberme arrodillado ante aquello que desprecio.
Porque ser libre no siempre significa abrir las puertas; a veces es cerrar los ojos y no traicionarse por dentro, aunque afuera se repartan coronas entre quienes aprendieron a obedecer y monedas entre quienes olvidaron pensar.
También quiero aprender del dolor, no para hacer de él mi bandera, sino para que no me vuelva de piedra. Llorar cuando la vida lo merezca, reír sin pedir permiso, aceptar que hay días de invierno incluso dentro del pecho y que ninguna noche, por larga que sea, consigue apropiarse de todas las estrellas.
Quiero asombrarme todavía ante el vuelo torpe de una mariposa, ante las montañas que sostienen el cielo sin reclamar recompensa, ante la mano desconocida que se extiende hacia otra mano cuando el mundo parece haberse olvidado de su propia humanidad.
Y si alguna vez debo partir, que no me acompañen trompetas ni discursos vestidos de eternidad. Bastará con que en alguna casa alguien encuentre mi recuerdo entre una taza, una fotografía y las cosas sencillas de la tarde; que alguien sonría al evocarme, que alguien diga: su paso por aquí dejó un poco menos fría la tierra.
Entonces sabré que no vine a este mundo en vano.
Porque vivir no fue acumular inviernos, ni contar las monedas del destino, ni levantar murallas contra la muerte.
Fue tocar otra vida sin herirla, compartir el fuego cuando hizo frío, defender la verdad cuando tuvo hambre y descubrir, aun en los días más oscuros, que la existencia guarda entre sus manos una pequeña semilla de belleza.
Y eso me basta:
haber amado sin poseer, haber pensado sin pedir permiso, haber sentido sin avergonzarme y haber dejado, en algún rincón del tiempo, una huella tan humilde y tan humana que alguien, al pasar, sienta ganas de vivir.
— Luis Barreda/LAB