Las luces del semáforo gotean en el parabrisas
como medusas de fuego que devoran el tiempo.
Un reloj de carne marcaba tres días desde el derrumbe,
mientras los nudillos de ella, Elania,
tallaban estatuas de sal sobre el cuero del volante.
En el aire flota una niebla dulce y desconocida,
un perfume que intenta sostener un cielo colapsado.
Su cicatriz en el antebrazo es un río de sangre viva,
un puente de carne trazado entre los escombros
por el que camino de rodillas, agradecido y ciego.
Nuestras manos se cruzan sobre la palanca de cambios
como dos planetas que chocan sin hacer ruido.
Su calor me quema los dedos,
pero en el centro de mi palma germina una tormenta de hielo,
hay una distancia en centímetros que mide mil años luz.
Detrás de su mirada limpia,
detrás de su devoción que podría refundar la tierra,
un maniquí de humo ocupa mi lugar.
Por las hendiduras del asiento no se cuela su calor,
sino el eco de una sombra que todavía habita en mis bolsillos,
un fantasma que me llama desde un abismo iluminado.
El semáforo se vuelve verde y la noche traga el coche.
Mentir es abrir una sombrilla dentro de un incendio,
«En nada...», digo,
mientras el luto me congela los pulmones
y me convierto en el náufrago
que muere ahogado dentro del abrazo que debía salvarlo.