El espejo se quebró,
y mis manos con sus llagas.
De escarlata era mi sangre,
que violenta se escapaba.
Pero no creas que dolió:
los cristales me contaban
cómo se dice un adiós
con el agua derramada.
Y yo pensaba en tu amor
y en los cantos de guitarra,
en una voz que me hablaba
de aquellas noches lunadas.
Y vi un fuego con gran furia
que quemaba ya las ramas,
y con lágrimas la gente
poco a poco lo apagaba.
Y quedó el pueblo sin llanto;
la piel, color mortecino,
se hizo viento y se marchaba.
Y me dio miedo la noche,
con muchos ojos perdidos
que sin pupilas miraban.
Y se fueron a la mar
a ver si allí se sanaban.
Pero no encontraron paz
ni dónde tender la cama.
Y desnudos, sin abrigo,
cruzaron la gran montaña.
—¿Adónde se fueron todos,
que las casas van calladas?
—Es que se fue un amor,
con todo lo que quedaba.