Existe una agonía en blanco.
El don del papel y sus roces.
Letras desmesuradas se inflaman
batiendo mi humedad al éter.
Al espíritu de boca acorazada,
él se atrevió revelarse en mí:
en el ahora, sé quién soy.
Cánticos que se funden a la luz irrisoria,
luz de desierto;
el cielo está a la intemperie.
Las palabras se ondulan a las sombras de los susurros,
en el portal de las almas.
Un poema descansa en los cuerpos que al alba se duermen;
la muerte busca nacer.
En la perplejidad se detiene la vorágine:
ya pasó la luna rosa.
Discúlpenme, conmensurables sílabas,
ellas se apropian de mis dedos,
adaptan los sonidos del teclado al tipear.
¿Cómo no apretarlas, si en el silencio
de la madrugada mis desvelos
suelen volverse miradas?
Esqueletos de incierto brillo.
Después de aquí, habrá calma.