LA MECHE Y WCELOGAN 🔛

DERECHOS HASTA LO ABSURDO

 

DERECHOS HASTA LO ABSURDO 

 

 

 

 

Vivimos tiempos modernos.

Ya no basta con respetar al prójimo, hay que respetar también la manera en que el prójimo quiere que respetemos al prójimo.

Y eso está bien.

El problema comienza cuando hasta el diccionario necesita abogado.

Ya no se puede decir “señoras y señores”, porque alguien pregunta:

—¿Y los demás?

Uno, que apenas aprendió a distinguir el plural del singular, termina pidiendo disculpas por haber usado un sustantivo.

Hasta ir al baño ya es un trámite:

formulario, sello y aprobación del sanitario.

Y ni siquiera podemos decir “el hombre inventó la rueda”, porque la rueda podría sentirse invisibilizada por falta de género.

Por si acaso, la inventó alguien.

Y punto.

Hasta los refranes andan con miedo.

“Detrás de un gran hombre hay una gran mujer”.

¡Cuidado!

¿Y por qué detrás?

¿Quién decidió que él era grande?

¿Y por qué ella tenía que estar detrás?

El refrán terminó en terapia de pareja.

Y Adán tampoco se salva.

Durante siglos nos dijeron que Eva salió de su costilla.

Hoy aquello necesitaría una explicación legal.

Adán tendría que demostrar que hubo consentimiento para semejante procedimiento.

Y Dios, probablemente, tendría que comparecer ante una comisión.

Mientras tanto, uno procura no ofender a nadie:

ni al hombre, ni a la mujer, ni al que no quiere ser hombre ni mujer, ni al que todavía no sabe, ni al que sabe perfectamente y está molesto porque uno preguntó.

Así que aquí me tienen:

caminando de puntillas sobre las palabras, revisando cada adjetivo y antes de saludar a alguien preguntándome:

—¿Cómo se dice buenos días sin cometer un delito lingüístico?

Y eso está bien.

Lo que no sé es si estamos cuidando al prójimo o si nos da miedo equivocarnos.

Porque una cosa es aprender a respetar y otra muy distinta tener que consultar el diccionario antes de abrir la boca.

Tal vez algún día lleguemos al extremo de prohibir la palabra “extremo”.

Por discriminatoria.