Alcides Chavarría🇳🇮

¿Dónde están, muchachos?

El eco de mis pasos naufraga en estos 
pasillos,
venas vacías de un gigante que se ha 
quedado dormido.

Busco entre las sombras de las aulas,
recintos de tiza donde el tiempo se 
detenía,
como un reloj de arena al que alguien, por 
piedad, le selló el paso.

Recuerdo nuestras cabezas juntas, 
racimos de ansiedad,
sobre los pupitres astillados antes del 
examen.
Éramos náufragos aferrados a los 
cuadernos,
mientras en la biblioteca —templo de 
silencio y polvo—
las enciclopedias nos miraban con la 
severidad de los siglos.
Éramos alquimistas de lo incierto, 
buscando respuestas
que no estaban en los índices, sino en 
nuestras propias risas.

¿Qué fue de aquellas mañanas de sol 
filtrado?
El recreo era una patria libre bajo los 
árboles;
gigantes verdes que nos prestaban su 
sombra como un abrigo.
Allí, en las bancas que eran barcos de 
cemento,
la merienda sabía a tregua y el refresco a 
elixir sagrado.

Nuestras voces eran pájaros de fuego 
cruzando el patio,
ajenos a que el calendario, verdugo 
silencioso,
ya afilaba sus hojas para cortarnos el hilo.

Le pregunto al viento por la maestra de 
historia,
que dibujaba imperios muertos sobre la 
pizarra
sin saber que ella misma sería ceniza en 
la memoria.

¿A dónde se fue la chica del pupitre del 
fondo?
Aquel amor platónico que caminaba
dueña de la brisa,
con ojos como lunas donde yo anhelaba 
naufragar.
Ella fue el poema que nunca me atreví a 
escribir,
la metáfora de todo lo que la vida 
prometió
y luego nos cambió por el olvido.

Corría el año 85 y el mundo era un libro 
por estrenar.

Hoy, ante paredes descascaradas como 
nuestra inocencia,
lanzo de nuevo la pregunta al vacío de la 
tarde:
¿Dónde están, muchachos?
¿Detrás de qué oficina, de qué cansancio 
o lejana frontera,
se quedaron guardados nuestros bultos 
llenos de futuro?