Las vías brillaban a pesar de la oscuridad y del humo que exhalaba la locomotora de hierro gris. Avanzaba con lentitud hacia la estación inglesa, como una bestia cansada que regresara de un reino sin amaneceres, haciendo resonar su silbato contra los edificios, contra la lluvia, contra el pecho de quienes esperaban. El estrépito desgarraba la noche y, sin embargo, nadie hablaba. Hombres, mujeres y niños anhelantes se apretujaban en el húmedo andén, envueltos en abrigos demasiado finos, con los rostros pálidos y las manos hundidas en los bolsillos para protegerlas del frío.
Había un olor a carbón mojado, a lana, a miedo.
La estación parecía contener la respiración. Sobre los bancos, bajo los aleros, junto a los faroles temblorosos, las personas esperaban nombres que repetían en silencio. Algunos sostenían fotografías arrugadas; otros, cartas dobladas tantas veces que el papel se había vuelto blando y transparente. Una anciana apretaba contra el pecho un ramo de flores marchitas. Un niño sostenía un pequeño zapato entre las manos, como si esperara que el pie de su hermano pudiera regresar dentro de él.
El tren entró por fin en la estación.
Sus ruedas chirriaron sobre los rieles. Las ventanas pasaron ante los ojos de la multitud como cuadros breves y terribles: manos alzadas, cabezas rapadas, ojos hundidos y codiciosos de luz, vendas enrojecidas, uniformes desarrapados. Algunos rostros permanecían inmóviles, borrados por el cansancio; otros se pegaban al cristal con una desesperación muda. Desde el interior llegaba una respiración colectiva, profunda y quebrada, como si cientos de cuerpos compartieran un único corazón herido.
La mujer no escuchaba el silbato ni el trueno de las ruedas. Solo buscaba.
Había esperado tanto tiempo que la espera se había convertido en otra forma de vida. Durante meses, quizá años, había aprendido a caminar por la casa sin hacer ruido, a poner dos platos sobre la mesa aunque cenara sola, a dormir del lado izquierdo para conservar intacta la mitad de la cama. Su hombre se había marchado una mañana gris, con una pequeña maleta y una promesa sencilla: Defenderé mi Patria.
—Volveré.
Ella había guardado esas palabras como quien guarda una brasa bajo la ceniza. No sabía si aún ardían, pero cada noche acercaba las manos.
El tren se detuvo. Las puertas comenzaron a abrirse una tras otra. Los pasajeros descendían lentamente, tambaleándose, apoyándose en los marcos, en los hombros ajenos. La multitud se agitó. Los nombres empezaron a elevarse en el aire.
—¡Thomas!
—¡Margaret!
—¡William!
Los gritos chocaban entre sí, se rompían, desaparecían bajo el rumor de los pasos. Algunos abrazos nacían con violencia; otros apenas alcanzaban a rozarse, porque el cuerpo que regresaba ya no era el mismo que había partido.
La mujer avanzó entre la gente.
Miró un rostro, luego otro. Un muchacho de labios partidos. Un hombre con una cicatriz que le atravesaba la ceja. Un anciano que caminaba sosteniendo una manta sobre los hombros. Ninguno era él.
Sintió que el corazón se le volvía pesado, como una piedra en el fondo de un río.
Entonces, en una ventanilla del último vagón, lo vio.
No fue el uniforme. No fue la forma inclinada de sus hombros ni la barba oscura que le cubría parte del rostro. Fueron sus ojos. Los mismos ojos que una vez habían mirado el mar desde el muelle; los mismos que se habían cerrado al sol cuando él reía; los mismos que, una noche lejana, habían encontrado los suyos a través de una sala llena de desconocidos.
La mujer dejó escapar un sonido que no era palabra ni llanto.
Corrió.
Corrió por el andén húmedo, esquivando maletas, piernas, charcos y cuerpos. Alguien la llamó, pero no se detuvo. Su falda se empapó. Resbaló, recuperó el equilibrio y siguió adelante, con el cabello suelto y el nombre de él creciendo en su garganta como una campana.
—¡Richard !
Él levantó la cabeza.
Ella gritó su nombre otra vez, y esta vez el nombre atravesó la estación, el humo, los años, la distancia.
—¡Richard!
El hombre se incorporó con dificultad. Durante un instante pareció no reconocerla. Su rostro era más delgado; sus mejillas, hundidas; su piel, gris bajo la luz amarilla del farol. Pero luego sus ojos se abrieron, y en ellos apareció algo semejante al amanecer.
La mujer estiró la mano.
Él hizo lo mismo.
Entre la ventanilla y el andén, entre el hierro frío y la noche interminable, sus dedos se encontraron. Primero apenas se rozaron, como si temieran que el contacto pudiera deshacer la imagen. Después se aferraron el uno al otro. Se entrelazaron con una fuerza desesperada, con la fuerza de quienes han perdido todo salvo la certeza de haber amado.
Alrededor, la estación continuaba su movimiento: ruedas que giraban, puertas que golpeaban, voces que llamaban, pasos que se alejaban. La lluvia seguía cayendo, fina y obstinada, sobre los sombreros, las flores marchitas, los hombros de los sobrevivientes.
Pero para ellos el mundo se había detenido.
Samuel salió del vagón. Tardó en dar cada paso. Ella lo sostuvo por la cintura y él apoyó el peso en su cuerpo, como quien vuelve a aprender el camino hacia una casa. Cuando estuvieron frente a frente, la mujer le tocó el rostro. Sus dedos recorrieron la cicatriz, la barba, la piel desconocida. Luego lo abrazó
Y mientras la locomotora, detrás de ellos, se alejaba dejando una estela de humo sobre la noche inglesa, la mujer comprendió que algunas promesas no regresan intactas. Regresan heridas, temblorosas, casi irreconocibles. Pero regresan. !!!!
} Marta