Relojes de arcilla flotan en la espuma amarga de las jarras,
donde el líquido desborda la imagen,
y el rojo de la puerta sangra un tiempo que no pasa,
a la vez que el cajón donde nos sentábamos
echa raíces entre mis pies sumergidos en la nada.
Cenas de aire, banquetes de humo intrascendente,
mientras devorábamos el mundo sobre una cuba de roble vacía,
a la par que afuera, la prisa de las sombras
intercambiaba ideales por fracasos en la esquina.
Recuerdo,
tus ojos,
abismos bajo la lluvia disolviendo la penumbra.
Acortábamos la distancia entre nuestras manos,
dos pájaros de cera ardiendo en silencio,
y un minúsculo beso, destello fugaz en la niebla,
grababa nuestro amor en las paredes de azulejos.
Hoy los recuerdos se vierten con la calma densa del aceite,
invaden la mesa sin pedir permiso, deshebrados, borrosos,
al tiempo que sigo inmóvil en este pedestal de madera,
estatua de sal clavada en el instante perpetuo.
Miro a través del vitral vidriado invulnerable,
tu efímera presencia se multiplica en reflejos de invierno,
camina hacia mí, tropieza con mi fantasma,
se acerca una y otra vez, ya casi la abrazo,
pero, nunca termina de llegar.