Alberto Escobar

Iván

 

 

Iván rezaba, no era un chico crédulo,
su formación en casa, un colegio religioso
con tintes jesuíticos, sus juegos entre 
fórmulas químicas —su padre profesor—
y si miraba hacia arriba una biblioteca
en la que en los lomos predominaba
la palabra análisis, pero seguía rezando
porque de la nota del examen 
dependía su ingreso en la facultad de Físicas. 
No estaba convencido, repasó las respuestas
en sus libros de texto comprobando 
que le faltaron cosas por decir.
Pero seguía rezando y al verse se extrañaba,
se sentía otro, desdoblado, desidentificado,
nadando, pugnando por salir de un lodazal
de asfixia y muerte. 
La nota se colgaría mañana, en los tablones
del patio principal, y soñaba con gritar, abra
zarse a sus compañeros, ir de copas hasta...