Shalom Aperrigue Lira

El barco de papel

—¿Qué hacemos? —preguntó Nastenka.

—¡Se desgarraron las velas del barco! —dijo Gulliver. 

—¡Nuestros vestidos! —gritó Elizabeth Bennet— Podemos coser la vela con ellos.

—Yo sostendré las agujas si lo permiten mis patas —agregó Gregor Samsa.

—¡Nos inundamos! ¡El timón está roto! —gritaron desde abajo.

—¡Es culpa de Moby Dick! —bramó Ahab.

—No estás en tu querido Pequod, olvídalo y ayuda —espetó Gulliver.

—¡Werther cayó al agua! —gritó Gregor.

—¡Sujétenlo! —chilló Elizabeth. 

—¿Me tenderá usted su mano? —preguntó Werther mirando a Nastenka.

—Siempre que no se enamore de mí... Eso está prohibido —respondió ella.

—Dejadme el timón a mí. Si he podido crear vida, eso no es nada —dijo, arrogante, Victor Frankenstein.

—¡El agua sigue subiendo! Moby Dick debe estar cerca —dijo Ahab.

—¡Nastenka, cose más rápido! —pidió Elizabeth.

—¡No hay más tela!

—¡Ahab, deja de buscar a la ballena y ven a bombear el agua! —ordenó Gulliver.

—¡Nunca! ¡Antes me hundo!

—¡Te vas a hundir de todas formas, idiota! —respondió Victor, sin soltar el timón.

—¡Sujeten fuerte, viene otra ola! —avisó Gregor.

En ese instante, las olas que caían sobre ellos se convirtieron en cientos de páginas.

—¿Qué hacemos? —preguntó Nastenka asustada.

Pero nadie contestó. Los libros se habían cerrado.