LA MECHE Y WCELOGAN 🔛

La Odisea Del Navegante

Odisea del navegante ínfimo

 

 

 

 

Fui tan pequeño,

tan invisible,

que pude deslizarme por el poro

donde la piel pierde sus fronteras.

 

Ningún navío me siguió,

ni brújula ni credo.

Solo el deseo,

esa fiebre que dibuja mapas

sobre tu piel.

 

Tu epidermis:

archipiélago de luces.

Cada luna de tu hombro,

una coordenada;

cada vello, un faro;

cada gota de sudor, un idioma.

 

Me lancé,

sin patria ni oxígeno,

al océano de tus tejidos.

Allí el tiempo se espesó

hasta perder sus horas,

y una corriente me arrastró

hacia tu centro.

 

Vi pasar tu sangre:

glóbulos como peces luminosos,

ríos que llevaban tu nombre

en un idioma de mercurio.

 

Crucé la cicatriz de tu rodilla,

aquel pueblo donde caíste una tarde

y el mundo aprendió a tener bordes.

 

Me extravié en tus pulmones,

cavernas de niebla tibia

donde cada aliento

removía las mareas.

 

Después crucé el umbral del silencio:

el territorio de las vísceras,

donde algo golpeaba

sin saber de dioses ni destinos.

 

Allí, un tambor enterrado

que no necesitaba testigos.

Planté mi voz sobre su latido

y juré fundar mi reino.

 

No por conquista,

sino por revelación.

 

Cuando izaba mi bandera

—hecha de silencio y temblor—,

tu pulso me expulsó,

como si el cuerpo

deshiciera un sueño

demasiado humano.

 

Desperté sobre tu piel,

sin más territorio

que el roce.

 

No conquisté tu corazón:

fue él quien me habitó.