Odisea del navegante ínfimo
Fui tan pequeño,
tan invisible,
que pude deslizarme por el poro
donde la piel pierde sus fronteras.
Ningún navío me siguió,
ni brújula ni credo.
Solo el deseo,
esa fiebre que dibuja mapas
sobre tu piel.
Tu epidermis:
archipiélago de luces.
Cada luna de tu hombro,
una coordenada;
cada vello, un faro;
cada gota de sudor, un idioma.
Me lancé,
sin patria ni oxígeno,
al océano de tus tejidos.
Allí el tiempo se espesó
hasta perder sus horas,
y una corriente me arrastró
hacia tu centro.
Vi pasar tu sangre:
glóbulos como peces luminosos,
ríos que llevaban tu nombre
en un idioma de mercurio.
Crucé la cicatriz de tu rodilla,
aquel pueblo donde caíste una tarde
y el mundo aprendió a tener bordes.
Me extravié en tus pulmones,
cavernas de niebla tibia
donde cada aliento
removía las mareas.
Después crucé el umbral del silencio:
el territorio de las vísceras,
donde algo golpeaba
sin saber de dioses ni destinos.
Allí, un tambor enterrado
que no necesitaba testigos.
Planté mi voz sobre su latido
y juré fundar mi reino.
No por conquista,
sino por revelación.
Cuando izaba mi bandera
—hecha de silencio y temblor—,
tu pulso me expulsó,
como si el cuerpo
deshiciera un sueño
demasiado humano.
Desperté sobre tu piel,
sin más territorio
que el roce.
No conquisté tu corazón:
fue él quien me habitó.