En el jardín de los cerezos nos vemos a escondidas y entre caricias y besos me arrancabas la piel.
Dejamos sobre la hierba las promesas prohibidas, bebiendo el dulce veneno de un amor que es infiel.
El viento borra el susurro de nuestras pocas horas, mientras el mundo afuera duerme en su falsedad; aquí somos dos almas que se entregan devotas, quemando los relojes con total ansiedad.
Que nos juzgue la noche, que nos condene el día, mientras caigan las flores sobre nuestro secreto; prefiero morir sangrando por esta herida mía, que vivir en la sombra de un silencio completo.
Mañana volveremos a vestirnos de extraños, a mirarnos de lejos sin podernos tocar, pero nadie nos quita estos benditos daños, ni el vicio de este fuego que no se sabe apagar.
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