Hay personas que llegan a tu vida
sin saber que se volverán hogar,
que entre risas, secretos y días compartidos te enseñarán lo que significa amar
a alguien sin necesidad de besar sus labios,
sin promesas eternas ni un altar.
Y tú fuiste eso,
un pedacito de mi mundo,
una de esas almas que uno encuentra
y quisiera conservar para siempre,
aunque a veces la vida tenga otros planes
y el destino no nos deje permanecer.
Me duele pensar en todo lo que fuimos,
en las conversaciones que ya no están,
en las cosas que antes te contaba
y que hoy me tengo que guardar.
Me duele saber que aún tengo tantas cosas
que quisiera contigo conversar
y si pudiera volver a aquel tiempo,
no sé si cambiaría todo lo que pasó,
pero sí abrazaría más fuerte cada instante,
cada risa, cada momento de las dos.
Porque ahora entiendo que hay recuerdos
que se vuelven eternos aunque termine una relación.
No te guardo rencor por haberte ido,
ni quiero obligarte a regresar, solo hay una parte de mí que todavía espera
que algún día nos podamos encontrar
y que, aunque ya no seamos las mismas,
podamos mirarnos sin tener que olvidar.
Gracias por haber sido parte de mi historia,
por lo bonito que me hiciste sentir,
por las veces que fuiste mi refugio
y por todo lo que aprendí de ti.
Aunque hoy me toque extrañarte en silencio,
hay algo que nunca quisiera fingir:
que nuestra amistad fue importante,
que todavía me duele su final
y que, si la vida nos diera otra oportunidad,
una parte de mí te volvería a elegir
Porque hay amistades que no se olvidan,
aunque ya no se puedan abrazar;
personas que dejan una silla vacía
en un rincón del alma
donde nadie más se puede sentar.
Y quizás algún día deje de dolerme
todo aquello que no pudo continuar,
pero si alguna vez te preguntas qué fuiste en mi vida,
fuiste mucho más que una amistad:
fuiste alguien a quien quise conservar,
incluso cuando tuve que aprender
a quererte desde la distancia
y a aceptar que no siempre
quien queremos se puede quedar