Pensé en las coincidencias
como una señal ideal del destino:
una fecha de cumpleaños, un año de graduación,
un género musical, una película, un libro,
un cuento escrito, la revolución...
Necesitaba y quería estar extasiada de esa utopía
antes que estar sometida a la indiscutible realidad.
Se me había convertido en una droga mental:
su distancia,
su indiferencia,
su mínimo acercamiento,
mi constancia,
mi ternura,
mi rabia.
Pasé de escuchar \"Deja que mi alma llegue a ti\" de Kelvis Ochoa
a ahogarme en el quilombo de la poesía melódica de Los Bunkers.
Pasaba horas escuchando \"Ven aquí\",
tomando cerveza o vino seco,
sin poder olvidar,
sin poder entender lo que estaba sucediendo.
Me gustaba.
Sí, él me gustaba,
de a pocos o de inmediato, no estoy segura.
Llegó sin previo aviso a mi conciencia,
sin siquiera tocar suavemente mi corazón,
y eso hizo que lo odiara:
había llegado solo con la intención de un juego que lo complacía.
¿Cómo podía sentir tanto por alguien a quien ni siquiera le importo?
Ni un beso hubo;
solo una complicidad silenciosa y esquiva.
No entendía qué era,
iba más allá de un simple gusto,
dolía hasta los huesos pero no era una relación.
¿Qué era?
No lo sé.
Nos lastimamos, sí,
a su manera, a mi manera,
con palabras y momentos.
Ahora no sé;
solo sé que todo cambió.
Quiero descolonizarme de ese algo plausible
que duele y odia,
ese algo atrapado
entre dos muros inquebrantables.