Emi_

Querido profesor

Olía a perfume barato.

Y a algo más.

A algo que no tiene nombre

pero que se me quedó pegado al estómago

como una grasa vieja que no se lava.

 

Me daba flores.

Flores que ya venían muertas.

Cortadas por el tallo.

Pudriéndose en mi mochila

junto a los gusanos que ya tenía.

 

\"Eres especial\", decía.

\"Eres distinta\".

\"Confía en mí\".

 

Y yo confiaba.

Porque tenía once años

y un hueco en el pecho

del tamaño de un abrazo que no estaba.

Y cualquier mano

me parecía un abrazo.

 

Le conté todo.

Todo lo que me pudría.

Y mientras hablaba,

él se acercaba.

Más.

Más.

Hasta que su aliento me tocaba la cara

y yo sentía que algo se me moría

sin saber qué.

 

Pero no me tocó.

Nunca me tocó.

No hubo un roce.

No hubo nada

que se pueda denunciar.

Solo flores muertas.

Solo su aliento cerca.

Solo su sombra encima.

 

Yo también quería.

Eso es lo que me da más asco.

Que yo también quería.

Que yo también me acerqué.

Que yo también abrí la boca

y dejé que me diera flores muertas

porque necesitaba que alguien

me dijera \"te elijo\".

 

Y una vez supe

que a otra niña le hacía lo mismo.

 

Otra niña.

Con otro hueco.

Con otra hambre.

Con otra flor muerta.

 

Y no dije nada.

 

Pude haberlo hundido.

Pude haberle arrancado la vida

como él me arrancó algo a mí.

Pude haber hecho que la cárcel se lo comiera

como él me comió a mí.

 

Pero no dije nada.

 

Porque lo amaba.

Porque si lo denunciaba,

se acababan las flores.

Se acababa el \"sos especial\".

Se acababa la única mano

que me tocaba sin que yo temblara.

 

Y me dio celos.

Dios, cómo me dio celos.

Verlo con otra.

Saber que ella también recibía flores.

Saber que ella también escuchaba \"confía en mí\".

 

Me dio celos.

Y eso es más asqueroso que todo.

Más asqueroso que el asco.

Más asqueroso que el miedo.

Más asqueroso que el hueco.

 

Porque quería que fuera mío.

Aunque me pudriera.

Aunque me diera asco.

Aunque supiera que era un monstruo.

 

Lo quería mío.

Y no lo denuncié.

 

Y ahora él sigue ahí.

Con su vida.

Con su colonia barata.

Con su sonrisa.

 

Y yo aquí abajo.

Con su sombra en el pecho.

Con el asco de saber

que pude haberlo hundido

y no lo hice.

 

Porque lo amaba.

Porque quería una relación.

Porque quería que alguien me eligiera.

 

Y él me eligió.

Y me comió.

Sin tocarme.

Sin hacer nada

que se pueda denunciar.

 

Y yo lo dejé.

Y ni siquiera lo denuncié.

 

Y ahora los gusanos

repiten su nombre.

Y repiten mi silencio.

Y repiten el asco

de saber que el monstruo

no fue solo él.

También fui yo.

La que se dejó querer.

La que se dejó comer.

La que se quedó callada

porque el asco

le sabía a amor.