En alto se yergue Ayahuma, inviolable y dormido,
derrama letras rotas de un desconsuelo antiguo;
el bosque ya lo ha leído; el rumi no comprende:
confunde el canto claro con un sordo gemido.
Ajo Sacha se acerca, por el tronco ambiguo;
trae el chuya sami, mas el dolor no cede.
El fiel centinela ve llegar al nacido
y vierte su ponzoña sobre el fulgor exiguo.
No importa: la liana trepa el tronco contiguo;
su canto de catorce por el viento ha subido.
Ajo Sacha, sanador, de él se ha compadecido:
convierte el veneno en elemento sagrado.
Ve reptar Ayahuma por el brote contiguo,
que intenta asfixiarlo con su abrazo atrevido;
pero Ajo Sacha rompe y entierra, enternecido,
el pichay de su rastro, y le ofrece sosiego.
Trae la medicina, bella flor que la vida ofrenda;
del violeta al blanco muda el tejido herido;
el aroma fétido se rinde ante el alivio.
¡Ay, corazón de rumi!,Ajo Sacha, ¡comprende!