A los panameños que sufrieron pérdidas con el terremoto.
La tierra se abrió con un grito profundo,
y el tiempo crujió bajo el pie de la vida;
un tajo de sombras partió nuestro mundo,
y el mar afiló su cuchilla homicida.
Isla Cañas tembló desde el fondo dormido,
la roca bramó con garganta de fragua;
el suelo, en dos cuerpos, quedó dividido,
y un río de espanto se abrió entre las aguas.
La fuerza telúrica, ciega y violenta,
deshizo los lindes con puño de fuego;
la tierra, en su entraña, rugió turbulenta,
y el mar fue acercando su fúnebre ruego.
Del lado habitado, las casas, vencidas,
alzaron sus brazos de cal y madera;
las calles quedaron de voces desiertas,
y el agua borró cuanto el hombre creyera.
Las aguas subieron con paso de duelo,
ciñendo los patios, cubriendo los lares;
y el techo, que un día conversó con el cielo,
se hundió con sus sueños, sus risas, sus mares.
Quedó la otra orilla mirando el vacío,
con ojos de barro y memoria cautiva;
Isla Cañas, herida, sangró sobre el río,
y el mar sepultó la mitad de su vida.
JUSTO ALDÚ © Derechos reservados 2026