JordiCris ✍️

Tenzing Norgay. (El niño que sonó con tocar el cielo).

Fotografía original de Tenzing Norgay Sherpa. Fuente: Revista Desnivel. Video: Edmund Hillary and Tenzing Norgay climb Everest - 1953 archive video. The Guardian. (Subtitulado al español)
 
 
Tenzing Norgay. (El niño que sonó con tocar el cielo)
 
Epílogo: “No hay miedo para aquél cuya mente no está llena de deseos”
 
I. El sueño: el Chomolungma.
 
Había un niño mirando a lo lejos,
donde la tierra se encuentra con Dios,
donde los picos, vestidos de blanco,
parecen dormir en brazos del sol.
 
Era el Himalaya, reino de gigantes,
muralla de hielo, silencio y eternidad,
y entre sus cumbres, la más desafiante.
Chomolungma, la madre del universo,
el Everest alzando su frente hacia la inmensidad.
 
II. El Everest.
 
Su nombre y su sombra eran un sueño,
un horizonte imposible de alcanzar;
pero hay sueños que nacen tan dentro del alma
que ni el tiempo los puede enterrar.
 
Y aquel niño, pequeño ante tanta grandeza,
sin mapas del mundo, ni fama que ver,
guardó entre sus manos una certeza:
algún día, muy alto, a él iba a ascender.
 
No sabía de glorias, ni libros, ni historia,
ni de multitudes que habría de asombrar;
solo sentía que allá, entre las nubes,
había una cumbre que debía alcanzar.
 
III. El camino: la voz de tu verdad
 
Creció con la nieve, el viento y la roca,
aprendió de los pasos, del frío y del sol;
la montaña le hablaba en voz baja
y él iba escuchando su antigua lección.
 
Ser sherpa no era tan solo un oficio,
ni abrirle caminos al hombre extranjero:
era conocer cada grieta del hielo,
cada cambio del viento, cada abismo traicionero.
 
Cuántas jornadas mordiendo la escarcha,
cuántas noches sin tregua, sin paz ni calor;
cuántas veces la muerte acechó en la montaña,
cuántas veces venció por coraje y amor.
 
Porque el valor no consiste en no temer,
ni en desafiar a la muerte por vanidad;
es seguir adelante cuando el miedo te habla
y escuchar, aun así, la voz de tu verdad.
 
El niño seguía viviendo en sus ojos,
el sueño seguía latiendo en su ser;
y aunque el mundo ignorara su nombre;
pero él, sabía muy bien hacia dónde crecer.
 
EL niño que soñaba se calzó las botas
del insigne expedicionario inglés
George Leigh Mallory, y marcó su huella,
Y desde entonces siguió sus pasos y sueño.
 
En Khumbu, de sirviente encontró el amor
y compartió su sueño con su alma gemela,
ella fue fuerza que impulsó su sueño
y la que lo esperó en espíritu en la cima.
 
IV. La montaña sagrada: collares para la cima.
 
Mayo de mil novecientos cincuenta y tres.
El cielo era un reino de hielo y de viento.
La cumbre esperaba, solemne y distante,
como si guardara el final de los tiempos.
 
Paso tras paso, la tierra se estrechaba;
el aire era escaso, inmenso el temor.
Edmund Hillary avanzaba a su lado,
dos hombres unidos por una ambición.
 
Y entonces llegó aquel instante imposible,
aquel punto en que el mundo parece callar:
Tenzing Norgay casi no llega a pisar la cima
Cayendo agotado y sin oxígeno, cerró los ojos
 
Llevaba los collares que le dio su hija.
aquellos que fueron protección materna
y como en un sueño, Dawa Phuti, lo despertó
para que el niño pudiera tocar su sueño.
 
No era solamente la cumbre del mundo,
ni una victoria grabada en la piel;
era la infancia venciendo al silencio,
era toda una vida floreciendo en la nieve.
 
Allí estaba el niño, vestido de hombre,
con todos sus años reunidos allí;
mirando de cerca aquel cielo soñado,
sabiendo que el viaje también era vivir.
 
No conquistó solo la piedra y el hielo,
ni fue solo una hazaña para recordar:
llevó hasta la cumbre el alma de su pueblo
y la dignidad de quiénes saben esperar.
 
V. Lo que la cima no puede decir: lo dicen los sueños.
 
¿Qué siente un hombre al llegar tan arriba,
donde el horizonte parece acabar?
¿Se siente más grande por tocar las nubes
o comprende lo pequeño que es frente al mar?
 
Tal vez en la cima, entre el cielo y la tierra,
Tenzing sintió lo que pocos sabrán:
que el sueño no estaba solamente en la altura,
sino en cada paso que lo hizo llegar.
 
Porque hay montañas que viven afuera
y otras que nacen dentro del corazón;
unas se escalan con piolets y cuerdas,
otras con paciencia, esperanza y voluntad.
 
Y hay niños que miran estrellas lejanas
sin que nadie crea que las pueden alcanzar;
pero el mundo cambia cuando esos pequeños
se niegan un día a dejar de soñar.
 
  1. La eternidad: el gran primer sherpa.
 
Hoy, cuando el viento recorre las cumbres
y el hielo devuelve su luz ancestral,
murmura un nombre que la nieve sabe nombrar,
un nombre que el tiempo no puede borrar.
 
Tenzing Norgay, hermano del viento y el cielo,
hijo de Chomolungma y el Himalaya, viajero inmortal,
tu historia no acaba donde acaba la cima:
comienza en el niño que aprendió a soñar.
 
Y, si alguna vez, frente a una montaña,
un niño contempla su altura y su voz,
que alguien le cuente tu historia sencilla,
que alguien le diga que un hombre llegó.
 
Que le cuenten que el miedo acompaña,
que el camino es más largo de lo que parece,
que no hay sueño imposible si el alma trabaja;
y que, el que persevera también se engrandece.
 
Porque el Everest sigue tocando los cielos,
porque el Himalaya no deja de hablar,
porque hay nombres que viven unidos al viento
y hay sueños que nunca terminan de andar.
 
Y tú, Tenzing, vivirás para siempre
en la nieve, en la roca, en la inmensidad:
no solo por ser uno de los primeros en la cumbre,
sino por ser el niño que se atrevió a soñar.
 
Namgyal Wangdi, por el lama Tenzing Norgay
el collado sur de la madre del universo
te volvió a rebautizar como: el primer gran jefe sherpa,
y tu pueblo de adopción, sherpa te hizo para la eternidad.
 
CRISPÍN.
Poema N.º 164.
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