La tarde se sangra
en un abismo de neón.
Nuestra risa,
cinco amigas de cristal,
perforan el firmamento hasta paralizar las estrellas.
Bailamos en un mar de vapores etílicos,
fantasmas de gloria vana flotando sobre la piel sudorosa.
Un extraño me toma de la mano,
creamos un vórtice,
un espectáculo de sombras aplaudidas por la noche.
Al final de la calle,
donde el neón muere, la oscuridad cobra dientes afilados y fríos.
Un brazo de piedra me frena.
Trato de gritar, pero el miedo me arranca la voz.
Su aliento amargo devora el aire,
un beso forzado que el vacío rechaza.
De pronto, el monstruo colapsa,
un ángel custodio en la penumbra,
un puño de lealtad derriba la sombra.
Disculpas en susurros, un abrazo cálido
que me devuelve a salvo al umbral del refugio.
Dentro del apartamento,
las paredes aún tiemblan.
La pesadilla teje sus redes en la cama,
mientras los neones siguen bailando
detrás de mis párpados cerrados.
Una proyección infinita de cicatrices de luz.