La tarde deshojaba violetas
sobre las calles húmedas de ayer,
y el cielo derramaba acuarelas
que el viento deshacía al atardecer.
Los faroles encendían memorias,
las fachadas guardaban el pasado,
y en cada puerta dormían historias,
amores que el tiempo dejó callados.
La ciudad era un libro sin orillas,
un corazón de piedra estremecido,
donde aún brillaban, tenues, las semillas
de todo lo que fuimos y hemos sido.
Y comprendí, bajo aquel cielo incierto,
que nada muere del todo en la vida:
ni el beso que se pierde en el desierto,
ni la luz que renace en la partida.
La noche se tendió sobre el reflejo
y la ciudad durmió bajo su estrella;
mas me llevé su luz, como un destello,
grabada en el alma, eterna y bella.
Rosa María Reeder
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