La inocente mirada,
los ojos vivaces,
su largo cabello
con coleta alzada.
Se mueve en el viento,
como si la brisa,
amiga cercana,
jugara en su pelo.
Le gusta la playa,
las olas la mecen,
sus espumas blancas
son caricia al alma.
Es que a veces
los niños hablan
con los duendes,
y son como ondinas
que en el mar se crecen.
Los peces curiosos
escuchan las risas,
quieren ser parte
de aquella alegría.
Mas lo puro y bello
se diluye un día,
cuando el hombre cubre
sus ojos con velos.
Su canto deja de ser
canto,
se apagan las luces
del gran escenario.
El dorado pelo
hoy viste de blanco,
como el trigo seco
que el sol ha quemado.
La sonrisa bella
ya perdió sus perlas,
y en su largo viaje se
marchó una estrella.
¿Dónde está mi niña
de pelo dorado,
que jugaba al viento
con su tierno encanto?
Como toda flor,
se irá marchitando,
porque nada queda:
huyeron las risas,
se fueron los cantos.
Hoy, sin saber cómo,
la vida se vuelve
pantomima amarga.
¿Dónde están nuestros
mejores años?
Se encuentran perdidos,
y no sabemos cómo
es que se han ido.
Y como un soplo
de un suspiro ahogado,
muchos de nosotros
ya habremos marchado.
Sin decir adiós,
porque no nos vamos,
solo continuamos…