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Diario de viaje: El arañon del monte.

Ahora mi maestro es un arañón del monte que vino a quedarse en lo alto de la pared del baño. ¡Me resisto a aprender cuanto me perturba la posibilidad de sufrir invasión, mordedura, dolor! Es agresiva e inocente, dicen, como lo somos casi todos. Dicen que muerde varias veces, que queda prendida en la carne, igualita a mí, cuando se me mete un tema en la cabeza y mortifico una y otra vez con la misma canción, aunque sepa que lastima y duele. Mi veneno no mata, el del arañón tampoco mata, pero de solo imaginar que pueda caminar sobre mí, introducirme su ponzoña, me da pánico y culpa, porque yo también soy punzante y agresiva, a veces. El arañón me recuerda a mí, cuando me doy miedo, cuando percibo como es mi yo terreno. Fluir con la vida es fluir con el arañón sin que te cause miedo, me dicen las mujeres nube. Es fluir con lo que aparenta ser amable y lo que se percibe agresivo, conflictivo, complicado. Fluir, ¡quien pudiera! Tengo atisbos de eso, cada tanto y es igual a sentir la calidez del sol en el invierno, y el frescor de un arroyo en verano. Este pueblo es así, todo el tiempo te enseña, a través de su gente, de su naturaleza y hasta de un arañón que se aloja en tu casa con la posibilidad, bien presente, de que haya sembrado unos trecientos huevos de futuros maestros en el alero de la cabaña. Mejor sería aprender, no tener que repetir lecciones. Lo enfrento, con la ayuda humanitaria de la manada, y puedo trascender mi arácnida obsesión. El arañón se fue y con las más menudas, incluso con las loxoceles, convivimos en términos más cordiales. Haber llegado acá me parece un sueño. Lugar en el que habitan las mujeres nube. Así las bautice por sus cabellos blancos y sus claras intenciones. Hermanas. Mujeres que aman volar, que salen de entre las cenizas y se toman de las manos. Con ellas nos reconocemos manada. Manada que se amplia y fructifica. Sabemos que el camino nos une, que juntas es más fácil. Buscándonos muy dentro de nosotras mismas, nos fuimos acercando, aceptando las sombras, festejando las luces y pidiéndole al cielo y a Gaia, que nos haga más sabias. Estoy convencida de que Dios está en todos lados, ¡pero acá no se nos escapa! Encontramos a Dios en cuanta cosa nos rodea. El lugar nos invita a no pensar en el mañana, sería un desperdicio perdernos algo del hoy. Un colibrí sobre las flores del jardín, la charla de los pájaros en el tala, la semilla que brota en un plantin improvisado, el sol que se asoma tras del cerro a las seis de la mañana y que antes del ocaso te regala un espectáculo que te deja con la boca abierta y el corazón agradecido. Aprendí a mirar los avatares de la vida como una gran metáfora, tienen profundidad, propósito y te invitan a conectar con la esencia. Arañón, sueño, dolor, invasión, mandatos... vaciarse. Lo escuché al arroyo decirme, Fluye, limpia, hermandad. Me pasó cuando fui con Susana…ella recibió un mensaje y yo esas palabras que me quedaron grabadas como una salida. No, no, como un camino, hacia la brisa fresca, hacia el descanso de todo lo que llevamos cargando en nuestras espaldas desde que fuimos niños. Un descanso para la niña herida, para el agotamiento de tanta caminata y el que produce saber que ninguno de nosotros sabe nada. A veces quisiera estar a gran altura, mirando como ocurre el mundo, pero estoy acá, adentro de mi cabaña y las paredes de adobe no me dejan ver más allá de mis propios pensamientos, por eso recurro a Virginia, a los árboles que alcanzo a mirar detrás de mis ventanas, a los mensajes que recibo en mi teléfono de las mujeres nube, a una araña y a la brisa que mueve la cortina colgada desprolijamente en la puerta de entrada. Al canto de los pájaros, a las visitas de las gallinas, al paso de los caballos y a la hora de las chicharras, con la esperanza de que alcance para comprender de que se trata todo. Claro que tengo la opción de salir, no soy monja de claustro, pero es tan cómoda la soledad y “el cuarto propio\", del que me habló Virginia, que no puedo resistir la tentación de quedarme.

Andrea.