La arena engulle con sus
granos el sudor de mi frente,
resecando mis labios y enjuagándo
las herraduras de mi caballo con su distancia.
La tarde es pesada, sangrienta;
y el sol infecta los suelos áridos de las dunas,
aparentando agua que desprende de la arena.
He emprendido el viaje,
alejandome de la escarcha nauseabunda del hogar,
buscando el traslado, yéndome a alguna parte,
y acercándome al otro vértice de la Tierra.
Y, bueno, me hace falta el abrazo materno,
cálido y punzante,
los paternos aguijones y las dagas injuriosas
de mi pálido rincón.
Tan lejana queda ahora la infancia
y el seno lechoso de las cosas.
He decidido retirarme en busca del sudor...
Ahora, tan solo mi semblante hipotérmico,
plagado de intestinales inviernos,
rendido y siempre ávido de algún mar.
El sol recae, humedeciendo adoloridas
ganas de beber,
mostrandome el infinito mapa litoral...
y por desgracia el reflejo de las puertas,
el miserable ventisquero de mi cobardía,
elaborando el tedio del mundo.
El sudor cae cristalizado al borde de mi frente,
y es que... ¡que frio hace con este bochorno!
¡Si es que mantengo los órganos congelados!
La arena susurra el nuevo hogar.
La tarde es ciertamente pesada, eterna.
Sera siempre ardiente; glacial.
La brisa recae. No he llegado a ser nada...
Al fondo pardea el último vestigio del poniente;
llueve en silencio,
las gotas desprenden de las rocas,
partiendo inversamente hacia el cielo.
Habra, tal vez, un cansancio en esta lluvia,
una fatiga de caer al suelo, de hacer ruido,
de existir y empapar los yermos retoños.
¡Y pensar que en el viejo hogar
granizaban las estrellas!
Nunca la soledad ha sido más apacible,
nunca más mortal.