Te vi otra vez por una de esas coincidencias del destino en el
mismo lugar donde nos conocimos hace tanto tiempo atrás.
Casi sufrí un infarto al oírte pronunciar mi nombre. Ni siquiera
tu apretado abrazo pudo calmar el acelerado galope de mi corazón.
Esta tarde fui dichosa al compartir contigo gratos recuerdos del ayer,
el perderme en tus ojos negros y los momentos en que discutíamos
por tu obstinación en prohibirme usar ciertas ropas.
Sin embargo, me faltó valor para decirte cuánto te deseo aún.
Te busqué en otros que compartían tu mismo astral,
pero solo fueron míseros remedos de Monseñor.
No te conté de esas ensoñaciones en que revivía
ese apasionado beso robado en la cocina.
Ni de las interminables horas en que mi febril imaginación
continuaba lo que interrumpió la lluvia esa noche de carnaval.
Nunca sabrás de esas madrugadas en que sueño que eres mío y
yo soy tuya. Solos tú y yo, devorándonos sin principio ni fin.
Vale DGlez.