La soledad es una musa sutil,
habita en el murmullo del tiempo
y de la íntima compañía,
en el silencio del propio soliloquio.
En opimos cauces
es manantial, presencia y poesía.
La soledad no es estar solo;
es la amiga inmanente
más sublime que requiere el alma
para por fin irradiarse.
Es el abrazo hondo del yo interior
con el sueño del enamorado,
silente coloquio
de donde manan tramas secretas
que resuenan en el tiempo,
a veces al cobijo de la casa,
otras tantas, en la pasión del intento.