ronald tadeo ramirez elizalde

𝐏𝐎𝐑 𝐓𝐈

𝐔𝐧𝐚 𝐩𝐫𝐨𝐦𝐞𝐬𝐚 𝐝𝐞 𝐚𝐦𝐨𝐫 𝐞𝐭𝐞𝐫𝐧𝐨

 

Amor mío:

 

Fue tu hermosa manera de ser la que, sin pedir permiso, fue enlazando mi alma a la tuya; fueron tu belleza, tus encantos femeninos y esa dulzura que habita en ti los que hicieron de mí un hombre rendido a los pies del amor. Y hoy, vida mía, puedo decirlo sin temor a equivocarme: no existe en toda la inmensidad de la tierra un hombre que te ame con la devoción con que yo te amo.

 

Por ti sería capaz de entregar hasta mi último suspiro, porque desde que llegaste a mi vida, mi corazón dejó de latir únicamente por mí y comenzó a hacerlo también por ti. Te has convertido en mi más dulce pensamiento, en mi ilusión más hermosa y en ese sentimiento sublime que ni los años, ni la distancia, ni las adversidades podrían borrar de mi alma.

 

Juro, mi amor, que si algún día la vida te pusiera frente a una prueba terrible y necesitaras un corazón nuevo para continuar viviendo, mi primer deseo sería ofrecerte el mío. Y aunque supiera que con ello se apagaría para siempre la luz de mis ojos, encontraría consuelo en imaginar que mi corazón seguiría latiendo dentro de tu pecho, que viviría acompasado con el tuyo y que, de alguna manera, una parte de mí permanecería contigo mientras el universo siguiera existiendo.

 

¡Qué dicha tan inmensa sería, amada mía, saber que cada latido tuyo llevaría consigo un pedacito de mi amor! Quizá mis labios ya no pudieran pronunciar tu nombre, quizá mis brazos no volvieran a estrechar tu cuerpo, pero mi corazón, aquel que un día te perteneció por entero, continuaría amándote desde el lugar más sagrado de tu existencia.

 

Y si alguna vez, al recordar nuestro amor, una lágrima descendiera lentamente por tus mejillas y te preguntaras cuánto te amé, quisiera que el viento te llevara mi respuesta en un susurro:

 

«Te amé más allá de las palabras, más allá de los sueños y la razón; te amé con la eternidad en la mirada y con tu nombre grabado en el corazón.

 

Te amé cuando sonreías, y también cuando te embargaba el dolor; te amé en cada uno de mis días, y te habría amado en mil vidas más, mi amor».

 

Y si después de esta vida existiera un cielo donde las almas se reconocen y los sentimientos verdaderos no conocen despedidas, allí te esperaría, mi niña adorada. No para reprocharle nada al destino, ni para preguntarle por qué nuestros días tuvieron un final, sino para acercarme a ti, tomar suavemente tu mano y volver a decirte aquellas palabras que mi corazón jamás se cansaría de pronunciar:

 

«Aquí estoy, amor mío; ni la muerte consiguió enseñarme a dejar de amarte».

 

Porque si algo tengo por cierto, es que el amor que siento por ti no nació para vivir prisionero de las horas ni para desaparecer bajo la sombra del olvido. Es un sentimiento que ha echado raíces en lo más profundo de mi ser, una llama que arde silenciosamente dentro de mi pecho y una promesa que mi alma pronuncia aun cuando mis labios guardan silencio.

 

Mi niña mimada, mi dulce ilusión, mi eterna enamorada: no sabes cuánto significa para mí llevarte en mis pensamientos, pronunciar tu nombre en el silencio de mis noches y descubrir que, aun en medio de las preocupaciones de este mundo, basta recordarte para que mi corazón encuentre un motivo para sonreír.

 

Y no, vida mía, no me engaño cuando te digo que eres única para mí. No es un capricho pasajero, ni una emoción que mañana pueda desvanecerse. Es la certeza de haber encontrado en ti a esa mujer que despierta mis sentimientos más profundos, que inspira mis versos y que ha convertido mi manera de comprender el amor.

 

Por ti aprendí que una mujer puede convertirse en poesía, que una mirada puede cambiar el rumbo de una vida y que un corazón puede pertenecer a alguien mucho antes de que sus labios se atrevan a confesarlo.

 

Por eso, si me preguntaran qué deseo conservar de este mundo, respondería tu sonrisa. Si me preguntaran qué recuerdo quisiera llevar conmigo hasta mi último aliento, respondería el instante en que te conocí. Y si me concedieran el privilegio de volver a vivir desde el principio, conociendo de antemano las alegrías y los sufrimientos que el amor pudiera traerme, volvería a elegirte a ti, sin vacilar un solo instante.

 

Porque entre millones de rostros, mi mirada te buscaría; entre miles de voces, mi alma reconocería la tuya; y entre todos los caminos que la vida pudiera ofrecerme, mi corazón volvería a escoger aquel que me condujera hasta ti.

 

Te amo, mi niña mimada, con un amor que no sabe de reemplazos, que no entiende de comparaciones y que no desea conocer otro nombre que no sea el tuyo.

 

Y si el destino me concediera mil vidas, en las mil volvería a enamorarme de ti; porque mi corazón, una vez que ha conocido la dulzura de amarte, ya no podría conformarse con la tibieza de un sentimiento diferente.

 

Tú eres mi presente más hermoso, mi anhelo más profundo y ese amor que quisiera abrazar hasta el último de mis días.

 

Por ti, mi amor, por ti… hoy, mañana y mientras exista una eternidad en la que pueda seguir pronunciando tu nombre.

 

Con todo mi corazón, para ti, mi eterna enamorada.