Él tuvo la ocasión de explorar otro universo,
mas decidió ser el guardián de dos estrellas
y se guardó las alas
junto con algunos sueños color sepia.
Las vio crecer, jugó con ellas
como juega el eco con la voz en las montañas.
Fue padre, fue río,
fue sol a media tarde,
fue desvelo y alborada.
Ellas crecieron mirando la balanza del tiempo
que a veces cambiaba su juicio y su valor,
y mientras sus órbitas se poblaban de destellos,
él se teñía del matiz de la tarde.
Sostuvo dos luces
cuando la vida le partía las manos.
No fue satélite de ningún otro cielo:
fue planeta de dos estrellas.
Y eso, para el mundo,
ya era otro universo.
Y es que hay planetas únicos
que decidieron no ser cometas
ni luz prestada de ninguna luna.
Orbitaron sus estrellas hasta el último brillo
y construyeron su vida.
A veces lo llamo por su nombre
que es como mi espejo.