JUSTO ALDÚ

LA NADA APRENDIÓ TU NOMBRE

Primero fuiste tú. Después, la nada.
Antes de ti, mi ser era un destierro;
mi voz, una campana sepultada
que daba sus sonidos al encierro.

Llegaste sin llamar. No hubo prodigio:
la noche no se abrió como una herida;
tan solo vi temblar mi propio exilio
en tus ojos, al borde de la vida.

Desde entonces, mi silencio de madera
cruje en sus goznes, cede, se deshace;
hay una sed debajo de la piedra
que excava en lo imposible y abre cauces.

¿Qué somos? ¿Una fiebre de la tierra,
un parpadeo a oscuras del vacío?
¿O el universo, al contemplarse, yerra
y llama eternidad a nuestro río?

He interrogado al tiempo: estaba sordo.
Pregunté por la muerte: no tenía rostro.
Volví con un silencio entre los dientes:
tu nombre había cambiado el peso del mundo.

No sé si habrá otra orilla tras la muerte,
ni si algo de mi voz cruzará el olvido;
sé que la noche no podrá devolverte
a la condición de no haber existido.

Habrá quedado en mí lo que no tuve
antes de ti: la sed de lo infinito.
No sé si existe un cielo que nos salve;
sé que, al amarte, la nada tuvo sentido.

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