Fingía que vivía:
era el huésped
que habitaba consigo.
Llevaba
su sombra con resaca
y un espejo por no perderla.
Era el amor
con atenuantes.
Llegaba a tiempo
a su ausencia en cada cita.
Era la amenaza acobardada.
El miedo con la luz encendida.
Gastaba a cuenta,
ahorraba la plusvalía del despojo.
Si la realidad lo indigestaba,
hervía infusión de pasado.
Su optimismo
nunca rendía intereses.
Si encontraba fortuna,
estornudaba.
Pero no todo era malo en su vida:
a veces era peor.