Antonio Portillo Spínola

El pulso de la cal

 

​Se sientan en el bordillo de una acera cualquiera,
donde el asfalto guarda el zumbido sordo
de satélites que vigilan el hambre.
La intemperie ya no es un lugar,
sino esta época.
​La desesperanza abre la palma:
trae una esquirla de metralla,
el parpadeo frío de una cifra en el cristal,
la ceniza de un cuarto que ya no tiene techo.
​La otra no aparta la vista.
Tiene las uñas sucias de cal,
el polvo del derrumbe metido en los nudillos.
Hurga en su bolsillo gastado,
saca una manzana golpeada,
la parte en dos contra el muslo
y le entrega la mitad más limpia.
​Comen juntas, en silencio,
con el amargor del hollín pegado a los dientes.

Antonio Portillo Spínola ©