A esta hora de la noche, la soledad se sienta en mi cama.
No dice nada, la maldita,
pero me mira con tus ojos y fuma mis cigarros.
Es un cuarto vacío que me pesa en las costillas.
Camino del baño a la ventana,
cuento los pasos, miro la calle oscura,
y me dan ganas de maldecir mi suerte.
Estar solo no es la falta de gente,
es saber que estás en alguna parte, viviendo,
mientras yo me deshago aquí solo,
como un terrón de azúcar en el café frío.
Que venga la noche completa,
que me trague de una vez,
a ver si así dejo de extrañarte.
Me da por sentarme a ver cómo se apaga el día,
como si tuviera algo mejor que hacer que estar vivo.
La casa se llena de sombras y de ruidos viejos,
el refrigerador que zumba, la llave que gotea,
cosas que se quejan de estar solas, igual que yo.
Qué cosa tan seria es la soledad cuando te agarra el cuerpo.
Te tocas las manos y te desconoces,
miras tu ropa colgada y parece el fantasma de otro.
Uno sale a la calle, saluda a la gente, compra el pan,
finge que todo marcha bien y que el mundo es redondo.
Pero regresas, metes la llave en la cerradura,
y sabes que detrás de la puerta no hay nada,
Solo este silencio largo para no dormir.