Vale, lo admito:
caí en tus estúpidos encantos
y en tu estúpido pelo,
incluso en tu estúpida sonrisa.
Pido comprensión,
pues naíf fui de pensar
que tu comportamiento,
fruto de tu estudio de mujeres,
era verdaderamente propio de ti.
Utilizada me siento,
al descubrir que
nada fue real,
ni siquiera las miradas.
Pues tu mente,
ocupada por la seducción,
se burlaba de la mía,
ocupada por el futuro.
Tranquilo, amigo
ya no soy la «ene».
Tu personaje
ya no me seduce,
y tus intentos de parecer
atento y carismático
ahora me producen risa.