Fue como la puntilla que destronó el reino de una presa acaudalada.
Haciendo brotar el fuego ardiente, engendrando unas ascuas que alimentarían el mundo; su mundo.
Una vez las bocas fueron cercenadas tras tanto escándalo y estruendo, solo quedó un silencio abisal, superado por el amor sediento que manaba de unos ojos caoba.
Como estatuas de sal, pecadoras, guardaron ese momento para el resto de la eternidad.
Ya solo la magia de letras y miradas, pudieron dar cuenta de aquel flechazo forjado en noche.