Un cuerpo que es memoria y es testigo,
el peso de los nombres y los días,
vulnerables al ojo que vigila,
al rostro que se expone ante el castigo.
Mejor ser la sospecha, no el rastro,
hurtarse de la luz y la mirada
solo para evadir las acechanzas
de quienes miden el error y el rastro.
No hay ambición de fraude ni secretos,
ni el deseo falaz de la sorpresa
en templos donde el labio se traiciona;
la ausencia es un rigor, una destreza,
la herida más feroz y más perfecta:
no poseerte cuando te imagino.
Qué tentación la de negar la historia,
borrar el testimonio del espejo,
disolver el perfil, quedar desierto
de toda biografía obligatoria.
Y entonces sí, materia al fin ligera,
unirme a la divina arquitectura
de tu piel que me nombra y me clausura;
cometer la blasfemia más dichosa,
donde el deseo ajeno nos redima
y tu carne regrese a mi ceniza.