JordiCris ✍️
Inocencias bajo llave.
Esta imagen ha sido creada por IA por el autor para ilustrar la narración siguiendo la regulación sobre el uso de la inteligencia artificial en España que se rige principalmente por el Reglamento Europeo de Inteligencia Artificial (Ley de IA). Video: Marwan \"Meninos Da Rua\" Disco: Trapecista.
Inocencias bajo llave.
Epílogo: “Es más fácil criar niños fuertes que reparar hombres rotos”.
Lugares donde los relojes mastican niños,
la luna lleva un uniforme de fábrica
y el sol de soldado de la suerte
mientras escupen monedas de oro y plata por la boca.
Alma inocentes, pequeños soles,
encadenados a máquinas o personas;
fabricando zapatos para gigantes
que jamás aprendieron a caminar
descalzos sobre el dolor de los otros;
a manos pequeñas de anudadores
en telares, que son telarañas de ilusiones,
a limpiadores de las vergüenzas ajenas
o sirvientes, serviles sin mayordomía
expuestos a la vara o el azotador
con las infancias secuestradas.
Un niño cose la noche
con agujas de humo. Tiene ocho años
y mil inviernos en los párpados.
Es un viejo prematuro.
Su almuerzo es una fotografía de pan,
su cama, un rectángulo de sombras,
su infancia, un pájaro de papel que voló
y que los hombres de dinero
vendieron por toneladas…
En las casas, las paredes tienen oídos
y las puertas, dientes. Muerden: inocencias.
dignidades, sueños y tiernas carnes sin hacer.
Detrás de sus cortinas, el miedo
aprende a hablar en silencio. Con los ojos
Una muñeca sin párpados ni ojos
vigila el pasillo;
un caballo de vidrio galopa en la garganta
de quien no encuentra palabras
para nombrar su herida.
¿Quién golpeó al arcoíris hasta dejarlo sin colores?
¿Quién encerró las mariposas en sótanos sin primavera?
¿Quién le enseñó al trueno a dormir bajo la piel de un niño?
Nadie responde. Nadie lo sabe. Nadie quiere saberlo.
Los jueces llevan máscaras de porcelana,
los poderosos beben leche de estrellas
en copas talladas con juguetes rotos y la justicia,
esa anciana de manos con artrosis vendadas,
cuenta las monedas del sudor
mientras sangra sobre una balanza dormida.
En la escuela, pupitres vacíos
crecen como árboles al revés.
Sus raíces atraviesan la tierra
y llegan hasta una mina de barro,
donde los niños cristales de luna
para iluminar los cuellos
de quienes jamás miran hacia abajo.
En los parques, los columpios vacíos lloran.
Las gominolas y chuches mueren de inanición.
Los juguetes son de ceniza y barro
y los cuentos de terror.
Cada diamante contiene un grito.
Cada grito, una habitación cerrada.
Cada habitación, un universo pequeño
que alguien declaró prescindible.
Pero una noche, un niño,
escondió una semilla en su puño.
No era una semilla cualquiera:
¡Era el último latido de todos los niños!
La plantó en una grieta de la tierra de sangre
y la regó con lágrimas que nadie había visto.
Al amanecer, creció un árbol inmenso,
sus ramas rompieron las chimeneas,
sus raíces derribaron las jaulas,
sus hojas fueron lenguas, sus frutos campanas,
y en cada campanada se escuchó una verdad insoportable:
“Ningún niño ha nacido para ser herramienta, botín, soldado,
silencio, aparcero, vendedor de miserias, carne de sexo, etc.”
¿Quién mataría a un querubín o a un ruiseñor?
Entonces, los relojes dejaron de masticar.
Las máquinas olvidaron sus cadenas.
Las muñecas recuperaron los ojos.
Y los hombres, obligados a mirarse las manos,
descubrieron que tenían sangre donde antes aseguraban tener oro.
No hubo milagro. Hubo voces.
Hubo puertas derribadas. Hubo brazos que protegieron
y manos que aprendieron a no herir.
Porque la infancia no es una mercancía,
ni un secreto enterrado bajo la alfombra,
ni un cuerpo donde el mundo descarga su rabia.
No es un objeto de deseo,
solo son una esperanza de amor.
La infancia es un país sin fronteras
que los adultos tenemos obligación de defender.
Porque mientras exista un niño trabajando
donde debería estudiar y jugar,
temblando donde debería dormir y descansar,
callando donde debería estar cantando o ser escuchado,
viviendo como un refugiado, en vez de jugar en un patio,
no será niño, será una víctima frágil y menuda
y el mundo seguirá siendo un reloj roto,
una casa incendiada,
un dios de barro con manos manchadas,
un campo de batalla infinito;
y, el mundo, será cualquier cosa, menos humano.
Qué nadie llame destino a su sufrimiento.
Qué nadie llame disciplina a la violencia.
Qué nadie llame amor a lo que destruye.
Qué nadie llame oportunidad al secuestro del tiempo.
Porque cada niño salvado es una puerta abierta en la noche.
Es un sol que vuelve a brillar con una sonrisa de sandía…
Porque cada infancia arrebatada
es una estrella apagada en el universo
que nos acusa desde el fondo de la Tierra.
Luchemos para que los niños sean niños,
porque los niños son el mañana,
y porque serán los hombres y mujeres del futuro;
y, como dijo Pitágoras:
“Enseñemos a los niños, y no será necesario castigar a los hombres”
CRISPÍN
Poema Nº162
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