Nace en la sombra, como un golpe seco,
un chispazo que incendia la garganta,
no pide tregua, ruge y se levanta,
convirtiendo el silencio en puro eco.
Hierve la sangre, el puño se endurece,
quiere quebrar el mundo en su camino,
confunde la cordura con destino
y en la ceguera del rencor florece.
Cede la llama, el humo se condensa,
cae el tizón al fondo de la grieta;
la brasa mengua, solitaria y quieta,
bajo una costra de negrura densa.
Solo queda la cal, la carne yerta,
un temblor en las manos que no cesa,
este silencio que en el pecho pesa
frente al vano crujido de la puerta.
Antonio Portillo Spínola ©