A propósito de
Tener un propósito...
Qué fácil sería,
¿verdad?
Llevar un letrero
justo en el pecho,
tatuado con sangre y con tiempo,
que respondiera siempre lo mismo:
«A favor de todo lo bueno,
en contra de todo lo malo».
Pero somos humanos:
caemos,
engañamos,
mentimos,
robamos.
Amamos.
Y así, caemos de nuevo
en todo lo malo y en todo lo violento;
en el poder de lo igual,
ese poder invisible que prolifera rápido,
que quema, consume, crece y atrapa
hasta alcanzar cada parte vital.
Tememos a la rutina,
pero así es mi vida —y seguro la suya—:
este constante querer encenderse en llamas
y querer apagarse para siempre;
querer elevarse hasta lo más alto de los pinos
o estar más abajo que las raíces mismas.
Y sin embargo, siempre lo logramos:
inventamos el tiempo y lo conservamos,
descubrimos el fuego y lo seguimos cuidando,
perdemos el amor y lo recuperamos.
Hacemos que nuestros muertos sigan viviendo
más tiempo del permitido;
hacemos que nuestros vivos se sientan más vivos
cuando parecía imposible.
Es por eso que vivo,
que digo, que escribo,
que trato y trato y no me rindo,
sin esquivar nada ni a nadie.
Agradezco las críticas,
ignoro los elogios,
olvido mis triunfos
y me atormento a diario con los 314 fracasos.
Diré lo que siento
no por esperar respuesta,
sino por esa sensación voraz, cruel y propia
que otorga la vida.
Por ese instante
donde el nerviosismo muere,
donde la duda se lapida
Y mi vida...
Mi vida vive.