El escriba de la penumbra

La máscara de mis días

Entro al pueblo con la frente en alto,

con las gafas oscuras ocultando mis naufragios,

saludo a cada rostro que encuentro a mi paso

y aprieto las riendas con fuerza,

para que nadie descubra que me tiembla la mano.

Sonrío…

pero esa sonrisa no me pertenece.

Es una piel prestada,

una máscara vieja, cansada,

remendada tantas veces

que hasta el alma se me escapa por sus grietas.

Anoche lloré hasta que amaneció,

hasta que el sol, indiferente,

se asomó por mi ventana.

Me arranqué la sonrisa frente al cristal

y le hablé a los demonios que habitan mi silencio,

con la voz rota, con el pecho deshecho,

suplicándole respuestas a una oscuridad

que ni siquiera se dignó a escucharme.

Nadie lo ve…

Nadie sabe que detrás de mis gafas

hay ojos que han perdido el brillo,

que detrás de mis saludos cordiales

se esconde un hombre cansado de fingir,

que mientras el mundo me llama valiente,

yo conozco todas las veces

que he tenido que recoger mis pedazos del suelo.

Sonrío de día y me quiebro de noche.

Me llaman fuerte porque nunca me han visto caer,

porque he aprendido a sangrar por dentro

sin manchar la ropa que llevo puesta.

Y qué ironía la vida…

todos admiran mi fortaleza,

pero nadie conoce el precio de sostenerla.

Todos creen en mi sonrisa,

menos yo, que conozco la tristeza

que se esconde detrás de ella.

Y, aun así, mañana volveré a levantarme.

Me pondré mis mejores galas,

acomodaré mi máscara frente al espejo,

limpiaré las huellas de otra noche perdida

y saldré de nuevo a caminar por el mundo.

Con la frente en alto.

Con las gafas puestas.

Con una sonrisa ensayada.

Y mientras todos crean que he vencido,

seguiré librando en silencio

la batalla que nadie ve.

Porque a veces el disfraz más doloroso no es el que usamos para engañar al mundo, sino aquel que terminamos usando para convencerlo de que estamos bien… cuando ni siquiera sabemos cómo volver a estarlo.