Ignacio Aguado Fernández

El FARO Y LAS SOMBRAS

Como sombras nos movemos por el mundo.

Unas con siluetas nítidas, otras con los

bordes inseguros de penumbra.

Siempre buscando un faro de luz

que guíe nuestro camino: Dios, el amor, 

la amistad, la belleza, la creatividad.

Una llama que prenda en nuestro interior

y nos aleje de la mortalidad anunciada,

que sea capaz de disolver esa oscuridad

que nos ancla demasiado al suelo.

Por eso veneramos los faros.

Sabemos que el destino más alto es

ascender por la espiral del autoconocimiento,

trepar por los peldaños invisibles del espíritu

hasta ese balcón elevado donde 

nace con fuerza la luz.

Y desde allí contemplar la ciudad,

alumbrar el horizonte y ofrecer

a las naves perdidas un hilo luminoso

que las guíe en la noche oscura.