Qué fácil es sostener tus miedos,
qué fácil es sostenerte,
pero qué difícil es llorar.
Qué fácil es dejar que todo se vaya al carajo.
Qué fácil.
A susurros suaves veo mi túnel;
a vientos feroces se los lleva el tiempo,
yo.
Abundo como el trigo,
río como tirano,
lloro como niño pequeño.
Pero todo se va de mí:
la vida, mis sueños, las risas
y lo que quedaba de ello falleció.
Me lloré un río,
me olvidé de reflejar las horas,
pues ellas se van;
yo me he quedado para seguir sufriendo.
Me mecí en mis recuerdos
para recordar quién era.
Me clavé la estaca de años,
la estaca para recordar del sufrimiento
el pedazo de mí que tengo que recuperar.
Me hice chimenea, pero tarde;
sin embargo, las cenizas recordaban lo que era.
Porque entre tantos nombres,
entre tantos deseos,
mi deseo era seguir siendo yo.