Merezco todo lo que me pasa.
Por lo que he pasado.
Por lo que he vivido.
Por lo que hice.
Por lo que dije.
Por lo que hice y por lo que nunca debí hacer.
Siento que sufro poco.
Que no es suficiente.
Que debería doler más,
mucho más,
porque ¿Cómo se supone que voy a pagar
por todo lo que he destruido?
Merezco sufrir.
Por ser como soy.
Por demostrar tanto que termina convirtiéndose en mi insignia,
en mi maldita marca,
en eso que llevo en la frente
aunque nadie pueda verla.
Por no demostrar nada más que inmadurez.
Por creer, por un maldito instante,
que soy suficiente para alguien.
Qué estupidez.
Merezco que me pase lo peor.
Por cómo soy.
Por cómo fui.
Por lo que soy ahora.
Por lo que seré mañana,
porque, al parecer, ni siquiera el tiempo
es capaz de arreglar lo que hay en mí.
Merezco todo lo que me pasa.
Merezco quedarme mirando.
Mirando hasta que me ardan los ojos.
Aferrándome con la mirada a recuerdos muertos,
a momentos que ya no importan,
que quizá nunca importaron tanto
como yo quería creer.
Pero importaron.
¿Verdad?
ALGUNA VEZ IMPORTARON.
Y eso es lo peor.
Que todavía puedo recordarlo todo,
pero ya no puedo volver a nada.
Que mi cabeza conserva lo que la vida
tuvo la decencia de quitarme.
Y yo aquí.
Todavía aquí.
Haciendo de un recuerdo una casa,
de una ausencia un hogar,
de una herida una personalidad.
Merezco todo lo que me pasa.
Merezco quedarme solo.
Merezco ser la burla de todos.
Merezco que me miren y piensen
lo mismo que yo pienso cuando me miro.
Soy un idiota.
Un idiota.
Un idiota.
Un idiota.
Y lo peor es que lo repito
como si repetirlo fuera a cambiar algo,
como si insultarme primero
pudiera evitar que alguien más lo hiciera.
Como si odiarme
fuera una forma de corregirme.
Pero no cambia nada.
Puedo fingir.
Puedo fingir.
PUEDO FINGIR.
Puedo fingir que he cambiado,
que he aprendido,
que ya no soy el mismo de antes.
Puedo fingir ser alguien diferente,
alguien mejor,
alguien que no arruina todo lo que toca.
Pero basta un error.
Una palabra.
Un segundo.
Una maldita decisión.
Y vuelvo.
Siempre vuelvo.
A ser el mismo desastre
que juré dejar atrás.
Porque, en el fondo,
cuando me quedo a solas conmigo,
cuando se apaga el ruido
y no queda nadie a quien engañar,
siento que soy una completa basura.
Y quizá eso sea lo que más miedo me da:
que algún día deje de fingir
y todos vean lo que yo creo ver.
Porque cuando pienso que hago lo correcto,
termino lastimando lo que más quiero.
Lo que más quise.
Y no sé qué es peor:
haberlo perdido
o seguir repasando cada segundo
en el que pude haber hecho algo diferente.
Otra vez.
Otra vez.
OTRA VEZ.
Mi cabeza no se calla.
Los recuerdos no se cansan.
El pasado no se muere.
Y yo sigo aquí,
condenándome por cosas que ya sucedieron,
juzgándome por errores que no puedo deshacer,
buscando una manera de regresar
a un lugar al que ya no pertenezco.
Merezco todo lo que me pasa.
Eso digo.
Eso pienso.
Eso repito.
Como una oración sin dios.
Como una sentencia sin juez.
Como un castigo que nadie me impuso
pero que yo me encargo de cumplir.
Y seguiré esperando.
Esperando entre recuerdos vagos,
entre palabras que ya nadie recuerda,
entre promesas que el tiempo deshizo
y futuros que nunca llegaron.
Seguiré esperando algo
que ni siquiera sé nombrar.
Porque, al parecer,
no sé soltar lo que se fue,
no sé reparar lo que rompí,
no sé perdonarme por lo que fui.
Y entonces vuelvo al principio.
Siempre al principio.
Merezco todo lo que me pasa.
Por lo que hice.
Por lo que dije.
Por lo que fui.
Por lo que pienso.
Porque mi mente ha convertido cada error
en una condena eterna,
cada recuerdo en una prueba,
cada pérdida en una razón
para seguir castigándome.
Y aunque el mundo se olvide,
aunque el tiempo avance,
aunque ya no quede nadie
que recuerde lo que pasó...
yo seguiré aquí.
Recordándolo todo.
Repitiéndolo todo.
Juzgándome por todo.
Porque merezco sufrir
por mis pensamientos.
¿Verdad?