Desde el abismo, victorioso, mis ojos encontraron la luz del sol. Tras una larga noche, su brillo me abrazó, una caricia cálida y hermosa que, ¡achís!, casi de inmediato desató el furioso ataque de mi alergia primaveral. Su existencia me inundó con la promesa de un futuro, recompensa por mi indomable lucha, aunque el aire vibraba con el dulce y traicionero aroma de las flores en plena efervescencia, anunciando una inminente guerra de estornudos. El viento, fresco y embriagador, susurraba secretos de victoria mientras acariciaba mi rostro con una suavidad engañosa, pues mi nariz ya comenzaba a picar con una intensidad digna de mi reciente batalla. Las flores desplegaban su belleza como trofeos fragantes, cada vibrante color liberando una oleada de alérgenos que desafiaban mi momentánea sensación de invencibilidad. Y la danza alegre de las hierbas celebraba mi triunfo, mientras yo, erguido como un conquistador recién coronado, luchaba por contener una andanada de estornudos, aspirando entre bocanadas la paradójica fragancia de mi gloriosa, aunque ligeramente congestionada, victoria.