Rosa Maria Reeder

EL ABISMO DONDE DIOS SE INCLINA

Poema místico a Santa Faustina de Kowalska y la Divina Misericordia

 

Hay un silencio más hondo que la muerte, una noche sin orillas ni estrellas, donde el hombre, despojado de sí mismo, busca a tientas el rostro de su ausencia.

 

Allí, donde la culpa alza sus muros
y el dolor se arrodilla ante la nada,
Dios abre en el costado de la sombra
una puerta de luz inagotada.

 

Y es entonces, Faustina, que tu alma,
como un lirio nacido entre las llagas,
escucha el corazón del Infinito
desbordarse en un río de esperanza.

 

No fue el trueno quien dictó tu revelación, ni el fulgor que deslumbra las alturas; fue una voz que brotaba del Amor, desarmando el terror de la criatura.

 

Viste a Cristo: la noche en sus pupilas,
la eternidad ardiendo en su mirada;
y de su pecho abierto descendían
dos ríos que abrazaban nuestra nada.

 

Uno, rojo, encendía los abismos
con la sangre que redime y que perdona;
otro, pálido, lavaba nuestras sombras
con el agua que renueva y que corona.

 

¡Oh, misterio de Dios, que no condena
al que vuelve llorando de su guerra!
¡Qué infinito poder el de una lágrima
cuando el cielo la recoge de la tierra!

 

Porque Dios no se aleja del quebranto
ni clausura su cielo al que ha caído;
desciende hasta el sepulcro de los hombres y llama por su nombre al extraviado.

 

Faustina, secretaria del silencio,
custodia de una llama inextinguible,
escribiste en las páginas del alma
que el Amor puede más que lo imposible.

 

Tu pluma fue una lámpara encendida
en la estancia más fría de la historia;
cada línea, una grieta en la tiniebla,
cada signo, una herida vuelta gloria.

 

Y aprendiste que el alma más herida
puede ser un altar para el encuentro;
que la gracia no exige manos limpias,
sino un corazón abierto al firmamento.

 

No hay pecado que venza al Amor divino
cuando el alma se entrega arrepentida;
ni desierto tan vasto que no encuentre
una fuente secreta de agua viva.

 

La Misericordia no es olvido
de la cruz que atravesó nuestra miseria:
es el Amor que, habiendo visto el fondo,
desciende aún más hondo y nos espera.

 

Es la mano invisible que sostiene
al que ya no distingue su camino;
es la luz que no juzga desde lejos,
sino que entra a llorar con el herido.

 

Es el pan que se parte en el silencio,
la palabra que vuelve al desterrado,
el perdón que desata las cadenas
y devuelve a la vida al condenado.

 

Por eso, cuando el mundo se desploma
bajo el peso del odio y la amargura,
que resuene en la noche de los siglos
la oración que atraviesa la negrura:

 

Jesús, en Ti confío
no como quien ignora la tormenta,
sino como quien sabe que en el fondo
de todo abismo Tu presencia alienta.

 

No es la fe que no conoce las heridas,
ni la paz que jamás probó el quebranto;
es confiar cuando el cielo guarda silencio, cuando solo nos queda nuestro llanto.

 

Y si un día mi lámpara se extingue,
si mi voz ya no alcanza a pronunciarte,
que mi última esperanza sea entregarte
lo que fui, lo que soy, lo que aún me parte.

 

Que mi polvo, al volver a su silencio,
no se pierda en la noche de la nada;
que me encuentre Tu Amor, no por mis méritos, sino por Tu Misericordia inagotada.

 

Santa Faustina, testigo de lo eterno,
que escuchaste latir la luz más pura,
enséñanos a ver, tras cada herida,
el umbral donde Dios nos transfigura.

 

Y cuando se haga tarde sobre el mundo,
cuando el miedo reclame su victoria,
que la sangre y el agua de aquel pecho
sean la última luz de nuestra historia.

 

Porque al fin, cuando callen las estrellas
y el tiempo se deshaga en su corriente,
solo quedará en pie, sobre las ruinas,
el Amor que nos quiso eternamente.

 

Y en el centro del alma, ya sin sombras,
donde toda verdad se vuelve llama,
comprenderemos que la Misericordia
era Dios inclinándose hacia el alma.

 

Rosa María Reeder

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