Hipnotizantes son los rizos de tu largo cabello;
cada bucle, una serpiente dormida,
una gorgona enredada entre tus hebras,
capaz de convertir a los hombres en piedra.
O quizá sean los tentáculos electrizantes
de las medusas marinas,
que se retuercen en el azul infinito
con la transparencia de lo imposible.
Su vaivén hipnotiza,
su belleza envenena;
y cuando intentas contemplarlas,
ya es demasiado tarde.
El corazón se te revienta contra las costillas,
la sangre corre como un animal acorralado,
los pulmones arañan el aire
y tu cuerpo comienza a endurecerse
bajo el peso insoportable de tanta belleza.
Quieres apartar la mirada,
pero algo en ti se resiste;
hay una última gota de voluntad
ahogándose en el fondo de tus pupilas.
Y así, entre los pliegues del azul infinito,
te perderás siguiendo su danza,
hasta que el pulso se vuelva silencio
y la sangre, mármol.
Ella continuará flotando,
indiferente, transparente, eterna;
mientras tú descansas en el fondo,
convertido en otra
estatua
que el mar nunca contará.