No sé en qué momento
empecé a perderte en lugar de esperarte.
Como si fuera lo mismo.
Una manera de dejar la puerta abierta
sin tener que mirar hacia ella.
Hubo días en que el mundo
era apenas una excusa para nombrarte.
Te puse en tantas cosas
que algunas terminaron por creerte.
Hasta mi sombra, que no sabe de nadie,
se acostumbró a esperar la tuya en la pared.
Te inventé regresos, olvidos,
una eternidad y una mujer
con ojos tan como los tuyos
que a veces tenía miedo de encontrarla.
Te pensé de tantas maneras en el mundo
que el mundo terminó por parecerse a vos.
Había algo tuyo en el modo
en que la tarde se quitaba los zapatos,
en esa luna distraída
que siempre llegaba con un cuarto de retraso.
Te hice una casa de promesas,
con ventanas hacia todos los regresos.
Allí pasamos tantas vidas
que algunas todavía deben andar por los pasillos.
Y vos seguías ahí,
en alguna parte que no existe,
con esa forma tuya de faltarme
incluso antes de haberte ido.
Pero hay un momento, supongo,
en que hasta los relojes rotos
dan la hora verdadera.
Y no pasó nada extraordinario.
Ninguna estrella se cayó de su rutina.
El mar siguió gastando sus orillas.
Comprendí que no todo lo que amamos
tiene que quedarse.
Ahora voy dejando que las cosas
recuperen sus costumbres.
Que la lluvia sea lluvia,
que los domingos duren lo que duran,
que la luna llegue tarde
sin tener que parecerse a nadie.
Y aunque todavía algo de vos
me cruce de vez en cuando,
como esos peces que remontan un río equivocado,
ya no voy a cambiarle el curso.
Tengo que dejarte
donde las palabras no te dejan.
No porque hayas dejado de doler.
Ni porque el tiempo,
ese animal que nunca cede,
haya hecho finalmente su trabajo.
Es que ya no quiero que sigas viviendo
solamente porque yo te escribo.
Queda un renglón.
El último, acaso.
Tiene el tamaño de todo lo que no pasó.
Podría llenarlo de vos.
He aprendido a encontrarte
hasta en las cosas que nunca existieron.
No sé si es una forma de perderte
o la única de no perderme.
Y por primera vez
no le pedí que volviera.