Si he de habitar el quebranto
sin que los dioses me nombren,
que sea mi último canto
la sed que padecen los hombres.
Titilando en la distancia,
se desgarra algún astro;
y yo, mísero huésped, sin estancia,
voy mendigando su rastro.
Estéril nace mi plegaria,
mi fe, un sudario de espinas;
y en mi vigilia esteparia,
las horas, sordas, mezquinas.
Imperceptible es mi duelo,
bajo el panteón amenazante;
soy una grieta rasgada en el cielo,
y un destierro palpitante.