José Honorio Martínez Ochoa

La grafía del mar

La grafía del mar

Una lluvia cae sobre las ramas extendidas
y las gotas de azogue se desnudan bajo la luz,
como si el agua necesitara desprenderse de su reflejo
para revelar aquello que permanece oculto.

Con los argumentos del placer,
el miedo se deshoja entre el humor y las llamas,
pierde por un instante su antigua autoridad
y deja que el mundo recupere la libertad de sus formas.

En la playa crece un sueño con el paladar de los manglares,
mientras las semillas de la luz
coordinan la alegría entre el fango.

Las aves despliegan su vuelo bajo el incendio de las nubes
y un pájaro canta entre las ramas,
allí donde la enredadera borda sus extravíos sobre la corteza.

Miro estas transformaciones y pienso
que la vida no necesita apartar la oscuridad
para hacer visible su belleza:
a veces la fecundidad comienza precisamente
en aquello que parecía confuso, hundido o perdido.

La libertad se inscribe en la secreción nocturna de los pétalos,
en esa sustancia delicada que la flor entrega
sin conocer el destino de su transparencia.

Las estrellas reposan en sus racimos
y el aire golpea los reflejos del vuelo,
como si también el pensamiento necesitara un impulso
para abandonar sus límites.

Hay una errancia marina entre las piernas del follaje,
una ternura que se transforma en navíos
suspendidos sobre la dulzura de la arena.

La luz atraviesa los torrentes de la mano
y reconoce su fragilidad en el movimiento;
después se derrama en los colores,
sin exigir que permanezcan intactos.

Quizá la libertad consista en aceptar esa transformación,
dejar que las cosas cambien de forma
sin obligarlas a regresar a lo que fueron.

Camino lentamente por el sendero de la noche,
bajo una oscuridad que se multiplica
hasta perderse en lo infinitesimal.

Llevo conmigo la aridez del sueño
y los espectros que el corazón conserva
aun cuando creemos haberlos dejado atrás.

En las orillas transparentes de la soledad
se acumulan las envolturas de una presencia
que ya no sabemos nombrar;
los labios se acercan a los minerales
y descubren que también la piedra guarda un brillo
capaz de madurar en silencio.

La madrugada trae sus ruidos inestables,
los sucesos que permanecen cerrados en el puño
y los deseos que, al encontrar una salida,
se parecen a historias que las nubes repiten
hasta volverlas irreconocibles.

En el aire persisten las ideas, hechas sueño,
mientras una hidra crece en la página manuscrita:
cada palabra abre otra posibilidad,
cada imagen se multiplica
y amenaza con desbordar el sentido.

Así comienza la escritura,
no como una respuesta,
sino como una forma de escuchar el silencio.

De las nubes exhaustas del lenguaje
caen esencias dispersas,
y las brisas ardientes de la noche
llevan consigo un sonido
que todavía no termina de convertirse en palabra.

Pienso en los movimientos de la conciencia,
en las formas que sobreviven más allá del amor,
en las huellas que el cuerpo conserva
sin saber si pertenecen al deseo o al recuerdo.

A veces parecemos extraviarnos dentro de nuestra propia memoria;
las piernas atraviesan una oscuridad vegetal
y la conciencia recoge sus huellas
como quien busca reconocer un camino bajo la lluvia.

La escritura deja sus señales encendidas en el aliento,
pero la materia del cuerpo desteje la voz
y la dispersa en el espacio.

Entre las imágenes rotas,
el silencio vuelve a guiarnos hacia una pureza
que no significa ausencia de heridas,
sino la posibilidad de mirarlas
sin reducir toda la existencia a su dolor.

Comprendo que escribir también es aceptar
la fragilidad de lo que decimos,
permitir que una frase se abra
y que otra la contradiga,
dejar que la experiencia encuentre una forma provisional
donde pueda respirar.

Los reflejos de la literatura se agotan en sus circularidades
y, sin embargo, los signos continúan humedecidos por nuestros nombres.

Como la grafía del mar,
la espiral de mi ser se prolonga
más allá de la vida que alcanzo a comprender.

El resplandor de los jicalpestles
se extiende en una centella soñolienta;
la suave exclamación cae sobre la piedra pulida,
vuelve a caer
y se deshoja en la página
como una palabra que desconoce sus propios límites.

Desde la clemencia de la arena hasta las voces del limbo,
desde el rumor de la tierra hasta las estrellas del lenguaje,
algo insiste en enlazar lo visible
con aquello que apenas podemos imaginar.

Tal vez la escritura sea ese movimiento:
una caída que no termina en la desaparición,
sino que se transforma en otra forma de presencia.

El follaje se inclina en la marea de una sonrisa
y la imagen comienza a rozar la idea.

La palabra aparece entonces
no para clausurar el pensamiento,
sino para mantenerlo despierto,
para acompañar el roce de una mejilla
y el rumor de unos labios.

Encuentro refugio en esa región
donde la conciencia se levanta enamorada
y descubre que la memoria puede ser un cereal nacido del naufragio,
algo que germina entre los restos de lo perdido.

Cuando la madrugada crece,
la luz de las algas surca el aire desde la bahía
y se convierte en un instante de escritura.

Entonces comprendo que el mar no está solamente frente a mí:
también escribe dentro de mi respiración.

Y cada palabra, al nacer,
devuelve al mundo una parte
de aquello que todavía no sabemos mirar.