La medida de la ausencia
La distancia es solo un contorno difuso,
un espacio físico que no puede tocar lo que somos.
No importa el mapa, ni la prisa del reloj,
ni esos fragmentos de tiempo tan cortos
que la vida nos permite compartir.
Porque un segundo contigo pesa más que un siglo de ausencias,
y un instante compartiendo tu mundo
vale más que una vida entera de silencios.
Dicen que el olvido se alimenta del espacio,
pero nosotros hemos aprendido a habitarnos de otra manera.
Nos une la complicidad de las miradas contenidas,
el refugio que encontramos en los recuerdos
y esa certeza muda de saber que, aun lejos,
pensamos en lo mismo al mismo tiempo.
El reloj puede ser un enemigo constante,
pero nuestro vínculo no sabe de urgencias ni de calendarios.
Hay encuentros que no se miden en horas,
sino en la huella profunda que dejan en el alma.
El mundo puede seguir su curso acelerado,
pero cuando te pienso, el ruido de afuera se detiene.
Te elijo en la cercanía y te vuelvo a elegir en la distancia,
porque el valor de lo que somos no lo dicta la geografía,
sino la fuerza con la que nos sostenemos a la distancia.
Por eso, que no te haga dudar el silencio,
ni los kilómetros, ni la brevedad de los abrazos.
Pase lo que pase, que jamás se te olvide:
tú eres mi centro, mi tregua y lo más importante para mí.