La vida no se extingue del todo si
también hay memorias que nos
devuelven luz.
No se apague la vida
¡No se apague la vida!
Que no mueran las rosas
marchitadas por el día,
que no agoten los campos
sus frutos y las vendimias.
Que de luto no vistan
las mujeres del pueblo,
ni en sus rostros silentes
se marquen sus heridas.
Que no muera el amor,
que nunca pierda
la mirada interior,
con el descubrimiento:
“tú eres mi otro yo.”
No seamos insensibles
al dolor del amigo,
y hasta de aquel andante,
quizás, desconocido.
¡No se apague la vida!
En esta noche silente
la muerte sueña escondida,
con el rostro de un joven
o una madre dormida.
Que la desventura mía
tome distinto camino,
si cargamos silentes
tantas cosas perdidas.
Que volvamos a reír
con aquella alegría,
cuando la vida aún
no había robado
nuestros mejores días.
Y ha dejado un desierto
donde antes había valles
florecidos de trigo
que aún nos prometían.
¡No se apague la vida!
Que nos queda por vivir
mucho todavía;
y de amargo está bueno,
pues de cruces cargamos
nuestros mejores huertos.
Que regresen los niños,
su inocente alegría,
con su luna de queso…
¡y yo me lo creía!
¿Y por qué no creer que
habrá siempre quesos
en las mesas vacías?
¡Que la vida no apague
la luz que antes tenía!