marta CARMEEN

LA CASONA

                                                       

Habíamos llegado a la gran casona del campo muy temprano, cuando la neblina aún cubría los árboles y el sol apenas doraba los techos de tejas. Primero compartimos unos mates en familia, reunidos alrededor de la enorme mesa de la cocina. Todo parecía tranquilo, aunque una extraña sensación nos acompañaba desde que cruzamos la tranquera cubierta de flores.

Después emprendimos una caminata por el predio. El aire fresco, el canto de los pájaros y el perfume de los eucaliptos hacían del paseo una experiencia placentera. Recorrimos los galpones, el viejo molino y los corrales, hasta regresar junto a la cerca que nos había recibido. Allí nos detuvimos a contemplar el alegre paisaje: los pastizales ondulaban con el viento y, a lo lejos, una bandada de aves levantó vuelo de repente.

—¿Escucharon eso? —preguntó mi hermana.

Todos guardamos silencio. Desde el interior del monte llegó un golpe seco, como si alguien hubiera cerrado una puerta. Pensamos que se trataba de una rama, pero poco después vimos huellas recientes marcadas en el barro. No eran de ningún animal conocido y se dirigían a la tranquera de la casona

                                                                                                   Marta